“Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, (escribe en su autobiografía) no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos.
Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor.
Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.
Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado».
CABE LA PREGUNTA:
¿Ya tienes tu lugar en el Cuerpo místico de Cristo?
¿Con cual de los órganos podrías identificarte?
- Si los sacerdotes son las manos,
- Si los misioneros son los pies,
- Si los contemplativos son los pulmones,
- Los músculos y tendemos que unen y mueven el cuerpo,
- La piel que protege e irradia la vida del organismo,
- El corazón que empuja a todos los miembros y partes del cuerpo con el amor de Cristo?